MADRE: ¡Pero Hume, hijo, no puedes ser así!
HUME: ¿Por qué? No quiero hacer lo que hacen todos mis
amigos.
MADRE: Pero tanto negar, tanto negar… te vas a quedar solito
hijo.
HUME: Mamá, es que no estoy de acuerdo con Descartes. Yo
creo que tenemos que usar los sentidos y la experiencia para conseguir ideas a
partir de impresiones, y que estas ideas pueden ser simples y complejas.
MADRE: ¿Cómo va a haber dos tipos de ideas? ¿Pero tú te
oyes?
HUME: Por la Ley de asociación de ideas, ya que las simples
podrán volverse complejas al unirse.
MADRE: ¿Cómo funciona una cosa así?
HUME: Verás mamá, hay tres leyes; la ley por la
semejanza-diferencia, la ley de la continuidad en el espacio y el tiempo y la
ley de la causalidad relación causa-efecto. Además, podemos llamar a las
relaciones de ideas verdades de razón, que son las que pueden demostrarse con
toda certeza, como serían las Matemáticas.
MADRE: Pero, ¿qué Matemáticas ni qué Matemáticas? Aquí lo
importante es el principio de causalidad.
HUME: ¡Nooo mamá, no digas eso! Justo contra el principio de
causalidad es contra lo que lucho.
MADRE: ¿Y eso por qué? ¿Tienes razones? Los niños sois
siempre tan ilógicos…
HUME: Que no mamá, que tengo razones. Mira, si ocurren dos
cosas que parecen tener una relación, tendremos una impresión de que la primera
cosa precede a la segunda, pero no tendremos una de dicha conexión. Por eso
podemos decir que el principio de causalidad no es objetivo, porque no se basa
realmente en la experiencia.
MADRE: ¡Ni experiencia ni experiencio! Deja de decir
tonterías niño.
HUME: Pero mamá, si lo pensases un poco verías que tiene
sentido. Además, las verdades no tienen por qué ser de razón, que son las
formales que no se relacionan con la experiencia, pero no negamos porque sería
contradictorio. También existen las verdades de hecho, que son sintéticas, y en
ellas el Sujeto no está implícito en el Predicado, y se comprueban a posteriori
con la experiencia.
MADRE: Anda, anda, ya basta. ¿Has abierto el armarito de
alcohol?
HUME: ¡Que no! Esto tiene sentido, aunque tú no seas capaz
de verlo.
MADRE: Esa boca niño, que hablas con tu madre.
HUME: Es verdad, lo siento. Pero, ¿puedo seguir
explicándome?
MADRE: Esta bien, sigue. Pero no tardes mucho.
HUME: Vale, lo resumiré. Como niego el principio de causalidad,
también niego la Sustancia, porque es una idea y no una impresión.
MADRE: ¿Y eso qué quiere decir?
HUME: Que realmente es un conjunto de impresiones que
siempre unimos con nuestra imaginación sin darnos cuenta, así que la Sustancia
es algo psicológico y subjetivo sin ningún fundamento.
MADRE: No sé yo si me convence esto, hijo…
HUME: Igual te convenzo si sigo explicándotelo. También creo
que podemos negar el Yo, porque no tenemos impresiones directas de él. El Yo
sólo es un haz de percepciones, y la mente es un teatro que representa las
vivencias.
MADRE: ¿Cómo pues negar el Yo? Si es también el alma, y el
alma viene de Dios.
HUME: Pero… es que también niego que sean verdaderos los
argumentos que demuestran la existencia de Dios.
MADRE: ¿QUÉ? ¿Por qué?
HUME: Porque todos los argumentos que explican la supuesta
existencia de Dios realmente se basan en el principio de causalidad, y si lo
niego no puedo aceptarlos… No se está demostrando su existencia de la forma
correcta.
MADRE: Ningún hijo mío será ateo.
HUME: Tranquila mamá, no soy ateo, sólo agnóstico.
MADRE: Sigue sin gustarme. Acaba ya con tus chorradas que
tengo mucho que hacer.
HUME: Está bien, mamá. También creo que el Mundo Exterior,
la realidad, no puede señalarse como algo que exista, porque tampoco tenemos
impresiones directas que sean objetivas. Una vez que la mente empieza a
observar una uniformidad o coherencia entre las impresiones, tiende a
convertirla en tan completa como sea posible, aunque realmente no lo sea.
Además, tendemos a pensar que todo va a continuar igual siempre, apoyamos la
idea de la coherencia.
MADRE: Pues yo no pienso así.
HUME: Porque tú perteneces al grupo de la “gente vulgar” que
piensa que los objetos y las perfecciones son una misma cosa. Los objetos
existen de manera continua e independiente, mientras que las percepciones
sufren interrupciones y dependen del sujeto perceptor. Aunque a veces, como no
tenemos explicaciones científicas de lo real, pienso que debería dejarme llevar
por lo que piensa la mayoría.
MADRE: Pues eso tendrías que hacer, lo que hace todo el
mundo. ¿O es que acaso tu moral no te pide a gritos hacer caso a tu madre?
HUME: Verás mamá, es que yo solo veo la moral como la
ciencia de las reglas que hay que seguir para conseguir el bien y la felicidad…
La moral no es objeto de entendimiento, sino de sentimiento.
MADRE: ¡Pero sé razonable hijo!
HUME: ¿Razonable? Mamá, la razón es, y debe ser, solamente
la esclava de las pasiones, y no puede pretender otra misión que servirlas y
obedecerlas.
MADRE: ¿Y qué es la pasión para ti?
HUME: Pues todas las emociones y afectos, y pueden ser
directas, si surgen de la experiencia del placer o del dolor, como l apena, la
alegría o el temor, o indirectas, cuando no proceden simplemente de los
sentimientos de placer o dolor, sino a través de la relación de impresiones e
ideas, como serían el orgullo, el odio, el amor,…
MADRE: ¿Pero en serio tú piensas esto hijo mío?
HUME: Mamá, no es tu culpa que no lo entiendas, estamos en
pleno siglo XVIII, y tu mente es muy cerrada, crees que deben seguirse las
tradiciones y las costumbres…
MADRE: Es que así debe ser, ahí está la virtud.
HUME: No mamá, te equivocas. La virtud es una impresión
agradable, y el vicio una impresión desagradable, pero no puedes juntarla con
tus ideas.
MADRE: pero yo creo que las tradiciones son buenas, así que
lo son.
HUME: No, porque sólo al considerar a un carácter de forma
general, sin referirlo a nuestro interés particular, es cuando causa un
sentimiento real de aprobación o desaprobación moral. Aunque a veces se dan
entre la gente diferentes juicios morales, el sentimiento general de moralidad
es común a todos los hombres, no podemos caer en el relativismo.
MADRE: Hijo, ¿por qué no piensas en algo más útil en vez de
darle vueltas a estas tonterías?
HUME: Mamá, justo a la utilidad iba ahora. Existen cuatro
tipos de valores o cualidades, los útiles a la comunidad, los útiles a uno
mismo, los agradables a otros, y los agradables a uno mismo. Pero no deben
entenderse en sentido personal y egoísta, sino en un sentido altruista y
general.
MADRE: Mira, en eso te doy la razón, la sociedad es
indispensable.
HUME: La verdad, mamá, es que el hombre no es social por
naturaleza, pero vive en sociedad porque es más útil. Pero si no fuera
ventajoso no viviríamos en sociedad. Las cosas sólo tienen sentido por la
utilidad.
MADRE: Mira, Hume, me estás dando dolor de cabeza. Vete a
dormir ya.
HUME: Está bien, buenas noches.